El Papa de los bebés

La imagen del Papa bendiciendo a bebés en este viaje apostólico no es un detalle anecdótico. Es, en realidad, una escena profundamente simbólica; más aún, una instantánea que se convierte en clave para comprender no solo el mensaje de esta visita, sino también el momento crítico que atraviesa Occidente y la razón por la que muchos vuelven hoy la mirada hacia la Iglesia con renovada esperanza.

Cuando analizamos la situación de España —similar a la del Occidente decadente— solemos concentrarnos en los problemas que ocupan diariamente los titulares: la crisis de la vivienda, la sostenibilidad de las pensiones, la regulación de la inmigración, las tensiones territoriales, la polarización política o las incertidumbres económicas. Sin embargo, todos esos debates corren el riesgo de distraernos de una cuestión más profunda y determinante: la crisis de natalidad.

La baja natalidad no es un problema entre otros; es el espejo más fiel de cómo estamos por dentro. Refleja nuestro grado de confianza en Dios, nuestra capacidad de sacrificio, nuestra escala de valores y, en último término, nuestra esperanza. Una sociedad que deja de transmitir la vida es una sociedad que ha comenzado a dudar de sí misma.

Por eso está resultando tan conmovedora la recurrente y espontánea procesión de madres y padres que, entre la multitud, improvisan un «puente humano» para acercar a sus hijos pequeños al papamóvil y recibir la bendición del Santo Padre. Estas reiteradas escenas no son meramente emotivas, sino que poseen una enorme fuerza profética.

Esos padres y madres representan una auténtica esperanza para España. El futuro es suyo. Han vivido en su propia carne la batalla entre la mentalidad mundana y la apertura generosa a la vida. Son familias reales, con dificultades reales, que no se han dejado paralizar por el miedo al sacrificio ni seducir por la comodidad de una cultura centrada exclusivamente en el bienestar individual. Impulsados por la fe, han optado por la generosidad de transmitir la vida y educar a sus hijos en la fe que ellos mismos recibieron.

La procesión del Corpus Christi por las calles de Madrid ofreció una imagen de extraordinaria belleza. Sin embargo, los adornos florales preparados para el paso del Santísimo quedaron eclipsados por la presencia de miles y miles de niños que acudieron junto a sus familias para ver a Jesús, portado en la custodia por el Papa. Fue especialmente impresionante contemplar el testimonio silencioso de tantas familias numerosas, cuya sola presencia lo decía todo. En medio de una cultura decadente, en ellas se vislumbra la España que viene.

Durante la Vigilia del Corpus, celebrada en la plaza de Lima, el Papa felicitó espontáneamente a un joven recién casado y alentó a los allí presentes a casarse y a formar familias. Este aliento resonó especialmente al evocar la célebre exhortación de San Juan Pablo II: «No tengáis miedo. Abrid de par en par los corazones a Cristo».

No es novedoso que los papas bendigan bebés; lo verdaderamente novedoso es que las familias con hijos pequeños busquen la bendición del Papa de una forma tan insistente y significativa. Ellos saben que ese hijo ha llegado al mundo por la fuerza de la fe y del amor, cuando todo lo demás empujaba en la dirección contraria. Han entendido que la vida es un milagro y, en acción de gracias, presentan sus hijos ante el Vicario de Cristo en la Tierra.

La crisis demográfica no se resolverá únicamente mediante incentivos económicos o reformas administrativas, aunque estas puedan ser necesarias. En su raíz existe una cuestión espiritual: la recuperación de la confianza en Dios, de la esperanza y de la capacidad de entregarse por algo más grande que uno mismo.

En este viaje apostólico se está produciendo una gran siembra. De ella surgirán conversiones, vocaciones y un renovado impulso evangelizador… Pero estoy convencido de que dejará otro fruto decisivo en muchos jóvenes: la apertura al matrimonio y a la vida. Cada bebé bendecido por el Papa posee una fuerza persuasiva que vale más que muchos discursos catequéticos o morales. No es una fotografía cualquiera, sino el icono de una civilización que necesita reencontrar la esperanza teologal para poder abrirse de nuevo a la vida.

Escribo este artículo cuando el Papa acaba de pronunciar su discurso ante el Congreso de los Diputados. No voy a ocultar que me han brotado las lágrimas en diversos momentos de su intervención. Al concluir, he dado gracias a Dios por la coherencia y la belleza de la verdad moral católica. Pero de ello espero hablar con detalle el próximo viernes en mi podcast Sexto Continente.

Ahora me limito a subrayar que el paso del Papa por Madrid ha mostrado al mundo el rostro de la Iglesia como servidora del Evangelio de la vida.


+José Ignacio Munilla Aguirre

Obispo de Orihuela-Alicante

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